El Colegio y Liceo Santa Rita

El fin primordial de este Centro educativo es contribuir a la formación integral del alumno en la dimensión personal, social y religiosa, desde una visión cristiana de la vida, de acuerdo con su Ideario y con los derechos y libertades fundamentales recogidas de la Constitución Nacional, de las resoluciones y circulares emanadas de la ANEP y demás leyes y decretos generales.

El Centro se configura como Comunidad Educativa, integrada por la entidad Titular, los educadores, los alumnos, los padres de familia y los ex-alumnos. Los miembros de esta Comunidad Educativa asumen los principios y líneas fundamentales de acción que establece el Ideario y que inspiran la opción educativa ofrecida por el centro.

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Historia sobre agustinos en Uruguay

Los Agustinos llegan a Uruguay en el año 1932, donde reciben de manos del Sr. Arzobispo la parroquia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y San Pablo, en el barrio de Maroñas. Durante 10 años tuvieron una fuerte y constante presencia de trabajo pastoral, el cual se vió interrumpido en 1942 cuando los religiosos fueron enviados de nuevo a España.

Al comienzo de 1949 llegan a Montevideo, desde Buenos Aires, los primeros padres agustinos después del paréntesis de siete años y se instalan en Punta Gorda, ubicación que perdura hasta la fecha. Aunque en condiciones precarias, los Agustinos desarrollan su actividad pastoral y van construyendo la pequeña y coqueta Capilla.

En 1957 se ve la necesidad de construir un colegio surgido de la parroquia –colegio parroquial- y el 19 de Mayo de 1957 se coloca la Piedra Fundamental. Al siguiente año comenzó un curso de Primaria y otro de Inicial, con 50 alumnos en total. La inauguración oficial fue el 22 de Mayo de 1958, fiesta de la patrona Santa Rita de Casia.

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Carisma y espiritualidad

Consciente o inconscientemente, tendemos de modo continuo e insaciable a Dios para gozar del bien infinito con que se sacie nuestro deseo de felicidad, porque nos hizo para Él y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Él. Así, nuestra principal dedicación común es buscar a Dios sin límites, ya que sin límites debe ser amado. Pero no podemos buscar juntos a Dios sino en Cristo Jesús, Verbo que se ha hecho carne por nosotros para hacerse camino, verdad y vida para nosotros, de modo que, comenzando por la carne visible, seamos llevados al Dios invisible. La oración personal y comunitaria, el estudio y cultivo de la ciencia, la investigación sobre la realidad actual y la misma actividad apostólica son dimensiones necesarias en esta búsqueda, que nos acerca a las preocupaciones de nuestra sociedad. En efecto, nada humano nos es ajeno, sino que nos implica más en el mundo, ámbito del amor de Dios (cf. Jn 3,16) y del encuentro con Él.

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Comunión de vida

El amor proviene de Dios y a Dios nos une, y mediante este proceso unificador, superado lo que nos separa, nos transforma para que seamos uno, hasta que al final Dios sea todo en todos (cf. 1Co 15,28). Por eso, la comunión de vida, que Agustín nos propone a semejanza de la primitiva comunidad apostólica (cf. Hch 2,42-47), es un cierto anticipo de la unión plena y definitiva en Dios y camino hacia ella. Aunque esta “santa comunión de vida” entre los Hermanos sea un don de Dios, sin embargo cada uno de nosotros debe tender con todas sus fuerzas a perfeccionarla, hasta llegar a la unidad en el amor, que permanecerá en la ciudad celestial, compuesta de muchas almas: esta ciudad “será la perfección de nuestra unidad después de esta peregrinación” . De ella, pues, traten de ser signo nuestras comunidades en la tierra, teniendo presente el modelo de la perfectísima comunidad de la indivisa Trinidad.

Secundaria

Servicio a la Iglesia

Siguiendo las huellas de san Agustín, el amor a la Iglesia nos lleva a mostrarle una total disponibilidad para socorrerla en sus necesidades, aceptando con prontitud las tareas que nos pide, según el carisma de la Orden. Recuerden los Hermanos que esta disponibilidad al servicio de la Iglesia constituye una de las características esenciales, que distingue nuestra espiritualidad. Además, estando abiertos al mundo, nos sentiremos solidarios con toda la familia humana e implicados en sus avatares, atentos sobre todo a las necesidades de los pobres y de los que padecen gravísimos males, sabiendo que cuanto más estrechamente estemos unidos a Cristo, tanto más fecundo será nuestro apostolado.

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